sábado, 2 de noviembre de 2013

Cambio de Rol - Capitulo 10






Estaba sola, aún no podía levantarme, lo único que podía hacer era encerrar la cara entre mis manos, no me importaba mancharme más, era estúpido querer evitarlo cuando la cama aún tenía el cuerpo de aquél hombre desangrado por mis propias manos. 

Me levanté y como pude llegué a la puerta. Observé la cama, el olor a óxido me descomponía, mucho más el estado de aquel hombre. Dirigí mi mirada a mi cuerpo, bañado en sangre, busqué entre las cosas del suelo mi vestido y me lo puse. 

Salí del cuarto, buscando alguien que me ayudara, pero nadie parecía entender. Todos corrían apenas verme, muchos gritos y mis lágrimas que no dejaban de caer. Los pasillos de aquél infierno me deseaban un final terrible. Lo sabía, pronto llegaría la policía, me vería y me llevaría, ni siquiera preguntaría, pues, ¿qué era una simple niña ante aquella gente? Sólo sabían juzgar. 

Cuando no quedó nadie, me senté en el suelo, observé mis manos, repletas de sangre. 

No supe cuanto tiempo estuve allí, cuando una persona apareció frente a mí. 

Parecía amable, de esas personas que seguirías hasta el final del mundo si fuese posible, pero en esos momentos yo apenas tenía catorce años, y con una vida tan sufrida, que si alguien me sonreía sólo lo seguiría. 

—Hola —dijo, con esa amable sonrisa—. Soy Lay —me tendió una mano, la cual tomé con un poco de desconfianza—. Aquí dentro te hacían hacer cosas muy feas, ¿verdad? —me sonrojé ante su mirada—. Yo vine a salvarte. No temas —y acarició mi cabello con cariño, nadie me había tratado de esa forma. 

—Yo... yo —y comencé a llorar, él sólo me abrazó, llamándome por mi nombre e intentando tranquilizarme.

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Pasé la noche con él en un hotel, me entregó ropa nueva y al día siguiente viajamos en el primer vuelo hacia China. 

No tenía idea de lo que estaba sucediendo, sólo seguía a ese hombre donde fuera que me estuviese arrastrando. 

Una vez en China me llevó a un enorme edificio. Tenía miedo, todos hablaban idiomas extraños para mí. Nunca había escuchado nada más que el español. 

Nos acercamos a una mujer que estaba sentada tras un gran escritorio, junto a una puerta. Lay se presentó y la mujer le dijo algo, tomando mi mano, el hombre me sentó en una de los sillones que había allí. 

—Esta empresa es muy importante aquí en China —comenzó a hablar—. Ahora te presentaré con el jefe, a quien debes seguir pase lo que pase. Te explicará de qué trata tu nuevo trabajo y luego te llevaré a un campamento donde conocerás a los que serán tus compañeros de trabajo —asentí. 

Estuvimos esperando, hasta que la mujer detrás del escritorio de hacía unos minutos me llamó, pidiéndome que cruzara unas puertas. 

Ingresé con la mirada baja, encontrándome con una oficina luminosa, en el centro había un escritorio, y detrás de él un hombre de alrededor de 40 años. 

Comencé a arrugar mi vestido con nerviosismo. No sabía qué debía hacer, no sabía dónde estaba y mucho menos qué era lo que esperaban de mí. El hombre se levantó y se acercó, poniendo una mano sobre mi hombro. Le miré, subiendo mi barbilla, pues nunca fui demasiado alta. 

—Agente Z —dijo, no entendí a qué se refería—. De ahora en mas tu nombre será Agente Z. Serás asignada a la división china para entrenar, te enseñaremos idiomas y todas las artes de asesinar —abrí grandes los ojos. 

—Yo... no mataré a nadie —dije. ¿Acaso él lo sabía? Lay había prometido que todo estaría bien, que ya no haría cosas que no me gustaran. 

—Ya sé, pero sólo te enseñarán los trucos, nadie te obligará a seguir ese camino. Tú puedes decidir, primero queremos cuidarte, luego te mostraremos lo que sucede una vez que ingresas oficialmente a la empresa. 

Sin estar demasiado convencida de las palabras de aquél hombre, recibí un bolso repleto de ropa deportiva, cosas para la higiene y un reglamento en diferentes idiomas. 

Salí de aquella oficina para encontrarme nuevamente con Lay. Contempló la mochila que tenía abrazada fuertemente sobre mi pecho y sonrió. Tomó mi mano y comenzó a caminar por los pasillos de aquella empresa. Subimos muchas escaleras, hasta que nos detuvimos ante una puerta. Él la abrió lentamente. 

Me sorprendí mucho al ver dentro. Había alrededor de diez niños y niñas en filas, haciendo diferentes movimientos, que imitaban de un hombre delante de ellos. 

Lay me empujó despacio para que ingresara a aquella sala. Sonrió a todos, quienes de detuvieron para verme. 

El hombre se acercó a nosotros, diciendo algo en un idioma desconocido.

—Fue fácil esta vez. Te presento a la Agente Z, habla español —me empujó un poco para que el hombre pudiese verme mejor—. Él es ZhouMi. Te ayudará a incluirte en el grupo, dentro de poco todos irán a un campo, a un campamento para entrenar —yo sólo observaba a todos aquellos niños que me estudiaban, algunos me saludaban con la mano y otros simplemente sonreían. Me escondí tras Lay, quien soltó una carcajada. Habló algunas frases para los niños, quienes empezaron a murmurar. Luego se giró y colocó su rostro a mi altura—. Estarás bien. Todos serán buenos amigos, no te preocupes si no entiendes lo que dicen, algunos hablan español y más tarde te enseñaremos varios idiomas para que puedas comunicarte —asentí. Lay saludó a todos con una sonrisa y se fue. 

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Una semana había pasado desde que me había establecido en el campamento. Luego de varios días estudiando, pude notar que poco a poco iba entendiendo lo que todos hablaban. 

Debía hacer mucho ejercicio, tanto físico como mental. 

Pasado medio año, ya podía comprender el chino a la perfección. Asistía a las clases sobre las diferentes técnicas de lucha y tipos de arma. 

Poco a poco me pude hacer de varios amigos. Entre ellos dos niños de mi edad, que eran también chinos. Eran los mejores amigos, y yo llegué para acompañarlos. Se llamaban LuHan y Kris. En realidad no se llamaba así, pero era un apodo que le habían dado, como el mío era Agente Z y el de LuHan, Agente L. 

Éramos el trío de oro, según los profesores y nuestros compañeros. Siempre que hacíamos equipo para completar alguna misión, terminábamos por ganar. 

Y pasó el primer año, y ya no era simplemente un juego el estudio o las misiones que nos enviaban para entrenar. 

No era un simple campamento. Era el entrenamiento para asesinar personas, las misiones nos hacían entrenar nuestras mentes para reaccionar con rapidez e idear planes que fuesen difíciles de predecir y contraatacar. 

Aprendimos las formas más rápidas, las más dolorosas de matar a una persona. Sus puntos débiles y los fuertes. Investigamos a fondo la psicología humana y cada secreto de ella. 

Y a los 17 años ya éramos máquinas asesinas. Nos separaron en grupos y nos llevaron a diferentes sectores del mundo. 

A mí me fueron asignados dos agentes, quienes fueron reasignados luego de un par de años a diferentes lugares del mundo, dejándome sola. 

Era una de las mejores agentes de la empresa hasta el momento. El jefe se había mudado a mi zona para entregarme el trabajo personalmente. 

Era una de las mejores creaciones de la empresa... y ahora estaba perdida, sin un verdadero rumbo. Ahora no tenía idea de lo que fuese a pasar. 

Ahora tenía miedo, algo que me enseñaron a no sentir. Miedo a la muerte. Miedo a mi propia muerte.


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