La mujer estaba
sentada en la punta de la mesa. Su hijo, lo único que le quedaba en ese mundo
había desaparecido, sabía el porqué, pero no podía… no quería aceptarlo.
El timbre de su puerta
sonaba, pero no quería atender, sabía quién era.
Fue entonces cuando
escuchó la voz que no quería escuchar.
- Madre… -
inmediatamente se levantó del asiento y observó a su hijo. Había entrado por
alguna ventana que había dejado abierta. Venía a buscar respuestas, eso lo
sabía, pero no quería decirlas -. Por favor – otra vez su rostro arrepentido,
ese que siempre lo había caracterizado, por él siempre había confiado en que su
hijo, su ángel no llevaría la misma vida de su esposo y su hijo mayor.
Las lágrimas
comenzaron a correr por su rostro, no podía evitar sentirse como una burla para
los hombres de esa familia. A pesar de que sus padres le habían dicho que era
mala influencia se había escapado.
- ¿Qué quieres? ¿Acaso
no te parece que ya perdí lo suficiente? – las lágrimas de sus ojos no paraban
de salir, mostrando lo indefensa que se sentía.
DongHae no pudo evitar
que su corazón se retorciera al verla así.
- Mamá… solo quiero
saber eso. Te prometo que no estarás sola – se quiso acercar para abrazarla
pero la mujer retrocedió hasta que se topó con la mesa.
- Un adicto lo atacó,
¿era eso lo que querías saber, no? Ahora vete. No quiero que vuelvas a pisar
esta casa. Ninguno de los dos – luego le dio la espalada.
DongHae no le había
dicho que su hermano estaba muerto, no sentía que fuera lo correcto. Luego de que
la madre de HyukJae hubo regresado al barrio sola, visitó a la suya buscando a
su hijo, contándole quien era en realidad Hae, y claro que se llevó una
sorpresa cuando el chico le ofreció trabajar con él.
Su plan era simple,
seguir pasando desapercibido en la escuela, mientras alguien cuidaba el negocio,
pero el que su madre se enterara de todo no estaba allí. Solucionable, pero no
podía soportar que su madre lo odiase.
Las palabras dolieron,
y mucho, no para uno sino para los dos. Sabían que no volverían a verse.
- Lo siento mucho,
mamá. De verdad lo siento mucho – dijo, dejando en el suelo una pequeña cajita.
Dio un último vistazo a la casa, antes de volver a salir por la ventana.
La mujer, intrigada
por lo que había dejado el chico, buscó la cajita y la abrió.
El llanto se hizo
nuevamente presente, haciendo que se derrumbara en el suelo y lanzara gritos
desesperados. Gritó tanto que su hijo, que ya estaba con dos cuadras de
distancia, la oyó, haciendo que más lágrimas cayeran de sus ojos, sabiéndose
las últimas de su vida las disfrutó, disfrutó su sabor salado y los sollozos y
espasmos que hacía su pecho cuando salían.
Un relicario que
contenía una pequeña foto de la familia Lee, cuando eran cuatro, colgó del
cuello de la mujer hasta que su vida se la llevó Dios, e incluso luego de eso.
Nadie más supo sobre
lo que sucedió con el joven DongHae luego de finalizar la escuela. Solo
rumores, como esta historia. Solo leyendas urbanas de como el rey del
inframundo logró su cometido: ser obedecido.
FIN

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