- Appa, appa – decía
un pequeño niño, buscando en la casa.
- Estoy aquí – escuchó
que le gritaba desde uno de los cuartos. El pequeño se acercó a la puerta y la
abrió, sonriendo por al fin encontrar a su padre, este le sonrió y lo tomó en
brazos, subiéndolo al escritorio -. Mi hijito, ¿puedo probar algo nuevo? – el
niño asintió y estiró su pequeño brazo, enseñándoselo.
El hombre colocó una
cinta de tela en el brazo del niño y buscó una de las jeringas que había
preparado. Pinchó a su hijo y soltó la cinta mientras introducía el líquido en
el cuerpo ajeno, observando detenidamente las reacciones del menor. Primero
dolor por el pinchazo, luego de unos minutos notó que el niño comenzaba a caer
hacia delante. Se apuró a sostenerlo antes de que callera y le preguntó cómo se
sentía.
- Mareado – dijo con
voz suave -. Pero no me gusta, parece que estoy volando. Que el piso es nube –
el hombre dejó al niño en el suelo parado y observó cómo caminaba mientras
anotaba en su pequeña agenda negra.
- ¿Qué color ves?
- Morado, pero a veces
parece azul – el hombre sabía que el niño solo diría la verdad, y que el efecto
duraría poco.
- ¿Qué sucedería si te
dijera que te subas al escritorio?
- Lo haría – y lo
hizo.
- Ahora salta – el
niño le hizo caso, pero al caer se torció el tobillo y comenzó a gritar de
dolor. Una adolescente entró al cuarto y tomó al niño entre sus brazos.
- Te he dicho cientos
de veces que dejes de tratarlo así. Ya deja tus estúpidos experimentos. Prueba
con los idiotas que compran tus drogas – le gritó. El hombre cerró su agenda
enfadado y se acercó a la chica, le lanzó una mirada de odio y superioridad
antes de golpearle la mejilla con toda la fuerza que fue capaz de utilizar -.
¿Qué harás cuándo crezca y se dé cuenta de lo que le haces?
- Vete de mi casa.
No te quiero ver nunca más.
- No me iré sin él –
abrazó con mayor fuerza al niño que tenía en sus brazos.
- No sé qué tiene de
importante para ti, ni siquiera es tu hermano, sabías porque lo traje.
- Apenas tiene 9 años…-
quiso protestar, pero la interrumpió el hombre.
- Bien, haremos un
trato. Tú te vas, y él no será más mi conejillo de indias.
La chica observó el
suelo durante unos segundos, luego vio el rostro de ese niño que había robado
su corazón y nuevamente a su padre.
- Bien, pero me
dejarás despedirme.
- Todo tuyo – dicho
esto, el hombre salió de la habitación.
La chica sentó al niño
delante suyo, aún tenía las pupilas algo dilatadas por el efecto de la droga
que su padre le había dado. Le tomó las mejillas y le obligó a mirarle a los
ojos.
- HyukJae, escúchame
bien. No importa lo que él te diga, no vuelvas a dejar que te dé medicina,
¿oíste? – el niño asintió.
- Nunna, no te vayas –
la abrazó, ella no pudo hacer más que lanzar unas lágrimas.
- Debo ir a la
universidad. No puedo volver – le tomó el rostro para verlo, sabía lo que decía
su padre con “tú te vas”, y no era exactamente irse a vivir a otro lado.
Luego se fue. HyukJae
nunca la volvió a ver, pero sabía que se había ido a la universidad. A todos
hablaba de su hermana mayor, orgulloso. Su padre no le había vuelto a dar
medicina, pero las marcas de los 7 años que lo había hecho, aún estaban en sus
brazos. Además, esa fue la primera de muchas mudanzas… la primera vez que
cambió de escuela y la última vez que tuvo verdaderos amigos, como él le decía
a una relación con sus compañeros cercanos.
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