- Entonces, ¿Tú eres
el hijo del jefe? – uno de los hombres que tenía al frente lo miraban dudando.
- Así es. Me entrenó
durante estos años para que guiara el negocio – habló el adolescente. Todos los
hombres se observaron.
- ¿Cómo sabemos qué no
mientes? – lo amenazó con un arma.
- Fácil – se cruzó se
brazos y comenzó a caminar hasta el escritorio y se sentó en la silla antes
utilizada por su padre -. Tengo todos los registros de cada uno de ustedes. Sus
casas, familias… no sé, ¿les gustaría regresar algún día y encontrar a su hijo
colgado en la ducha? – los hombres comenzaron a observarse entre ellos
nerviosos -. Veamos… - sacó de su bolsillo una hoja escrita por él mismo y
sonrió al ver su reacción -. No pensarán que traería los registros. Lobo… tu nombre
no lo diré, pero tu linda hija seguramente se sentirá muy sola cuando su madre
no vuelva una noche, seguro se esconderá debajo de la cama y cantará hasta que
tu llegues… también estará con su muñeca… ¿Juliana? – observó al que se había
encogido hasta parecer un niño indefenso. El chico soltó una pequeña carcajada
-. Podría hablar de todos, pero pienso que ya entendieron – los hombres se
arrodillaron ante él y soltaron el juramento.
Fue entonces que Lee
DongHwa se convirtió en el rey del bajo mundo, el inframundo. Un imperio de
drogas y alcohol.
Luego de la muerte de
su padre, tuvo que mudarse a ese barrio, para controlar todo. No confiaba
demasiado en nadie, y nadie confiaba en él. Sin embargo, luego de un año, se
dio cuenta de cómo quienes lo rodeaban no le tenían respeto, incluso había
escuchado sus conversaciones. Lo llamaban idiota, incluso habían planeado un
motín. Pero no, eso no ocurriría. Aún tenía un as bajo la manga: el ángel de la
familia.
Así le llamaban su
madre y él. Su pequeño hermanito, es ser más puro e inocente que había
conocido. Necesitaba su aspecto para conseguir más clientes, necesitaba su
aspecto para pasar inadvertido.
Volvió a su casa, mas
no ingresó ni tocó la puerta. Solo esperó que su hermano volviera a la casa.
Esperó. Y esperó. Ya
eran las seis de la tarde y se preparó para verlo aparecer en la esquina.
Se veía tan hermoso…
apenas 7 años. Se apresuró para parar frente a él. El niño estaba sorprendido
al ver a su hermano.
Ambos fueron a la
plaza y hablaron, rieron, comieron, hasta que pasó una hora. DongHwa le
prometió volver. Así pasó una semana.
- Hae – el menor lo
miró mientras terminaba su helado -. ¿Te gustaría trabajar conmigo? – el niño
lo observó por unos momentos antes de asentir sonriente -. Pero debes hacer
todo lo que te diga, ¿esta bien? Sea lo que sea y en cualquier momento del día.
- Hyung… si digo que
no, ¿no me vendrás a ver nunca más? – el niño parecía triste, lo que el mayor
aprovechó para tomarlo del mentón y mirarlo a los ojos.
- Si dices que no, no
podré regresar a verte, si dices que sí vendrás todos los días a visitarme - el
niño sonrió y abrazó a su hermano mayor.
- Entonces sí.
- Espérame esta noche
en tu ventana. ¡No te duermas! – el niño negó y el mayor se levantó del asiento
del parque -. No le digas a mamá.
Dicho esto se alejó de
su hermano.
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Pasaron dos años antes
de que sucediera. DongHwa esperaba que su pequeño hermano fuera algo más audaz,
pero no fue sino, hasta que envió a Judas a que abusara de él, que el niño se
volvió el ser más demente que hubiese conocido. Ya no temía, era temido, y
mucho. Sin embargo su aspecto lo ayudaba a que nadie le acusase de nada. Como
era uno de sus ayudantes, no le dejaba utilizar la mercancía, no necesitaba
personas fuera de sí para protegerlo.
No fue hasta años más
tarde, que ese hombre llegó al barrio. La primera vez llegó ofreciéndole
mercancía, pero eso no le importaba, él mismo producía y vendía. La segunda un
trueque, quedarse a vender su producto y no se molestaban. La tercera, sin
embargo, no fue para hablar de negocios, no.
- Dile a tu hermano
que deje en paz mi casa. No quiero volver a verlo en los alrededores. No
responderé a mis actos.
DongHwa no sabía que
decir. Solo dejó que el hombre se fuera.
Pero al día siguiente,
DongHae irrumpió en su cuarto, exigiéndole explicaciones de quien era ese
hombre. Le retó, le dijo que no volviera hasta que se solucionara todo. La
verdad no era alguien sin corazón, era su hermano, y si algo le sucedía su
madre quedaría sola.
Y ahora estaba solo
sentado en su oficina, jugando con la lapicera. Por primera vez en su vida se
arrepintió de haber invitado a su hermano a ese mundo.

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